Si en algo hay que destacar Bruselas de otras capitales europeas es por su amor al cómic, el noveno arte, que aquí han sabido conservar con su nombre francés (bande dessinée) frente al anglicismo extendido y aceptado por todo el mundo. También han sabido convertir a un personaje como Tintín en uno de los iconos más representativos de la ciudad, y por extensión de toda Bélgica.
Y no sólo tienen un museo dedicado al arte del cómic, en un emblemático edificio modernista, sino que los mejores dibujantes han hecho que sus personajes compartan la vida ciudadana con los transeúntes desde una veintena larga de fachadas a lo largo de toda la ciudad.
Seguir la Ruta del Cómic es una buena manera de concocer Bruselas, ya que recorre tanto la zona más turística como algunos barrios periféricos que también forman parte del corazón de esta ciudad multiétnica.
Comenzando la ruta por el sur, se atraviesa un barrio árabe, de cuyos restaurantes surge el aroma del cuscús (como veremos más adelante, esta también puede ser una ruta gastronómica) que abre la ventana de la imaginación, cosa que se ve apoyada por la visión de mujeres con chador y hombres con chilaba. Continúa la Ruta bordeando el Mercado Viejo, un rastro en la plaza Jeu de Balle con infinidad de viejos objetos de todo tipo extendidos por el suelo. Allí también está la pequeña tienda Only you, repleta de objetos de coleccionismo basados en los cómic de décadas pasadas.
Siguiendo la calle Blaes, con tiendas de antigüedades, entramos en el cuadrado turístico que se realza en los mapas de Bruselas. Visita obligada al Maneken Pis, donde no es difícil escuchar comentarios acerca de la desproporción entre la fama de la estatua y su tamaño. Y la Grande Place, sin duda, el lugar más bonito de Bruselas. Además de sus impresionantes edificios, esta plaza cuadrada es el espacio más vivo de la ciudad, con terrazas y buenos restaurantes, mercado de flores y de pájaros, dibujantes ambulantes y cientos de personas que pasan por allí. Muy cerca está la Boutique Tintin, dedicada enteramente al personaje más carismático y universal del cómic belga. Al ser esta área la más turística, no pueden faltar por sus calels tiendas de encajes o de pralinés (es como aquí llaman a los bombones).
El olor a gofres cambia por el de los gyros cuando entramos por la rue du Fromage, flanqueada a ambos lados por restaurantes griegos. O a curry en la rue Jules van Preet, llena de resturantes chinos y vietnamitas. O los caracoles cocidos (de tradición española) que venden por muchos lugares en tenderetes ambulantes. Tampoco falta una Casa Manolo, con la bandera rojigualda en la puerta y especializada en paella.
Durante este recorrido se suceden viñetas gigantescas por las paredes de la ciudad, como la de Lucky Luke, a punto de caer sobre los hermanos Dalton; hay imágenes que podemos llamar infantiloides, como el perro Jojo, de Geerts, o tan realistas como el Ric Hochet, que ocupa todo el lateral de una casa de una forma tan proporcionada como si fuera una escena de la vida real; o de mundos tan imaginarios como el de Olivier Rameace o equilibrios imposibles como el del Nerón de Marc Sleen; o de imágenes inquietantes, como esa especie de ángel caído pintado por Yslaire en un estrecho saliente. También se puede destacar especialmete el muro de la calle Broussaille, ocupado por un dibujo de Frank Pé, con una pareja que camina junto a las gaviotas por un cielo urbano, ya que este fue el mural que inauguró esta ruta, en 1991.
La Ruta del Cómic continúa un poco más, y ya no sólo a través de los muros callejeros, pues en esta etapa final encontramos dos murales interiores. Uno está en la recepción de hostal juvenil Sleep Well, de Johan de Moor -este es el último que se ha dibujado- y otro en el bar L'Espadon, del hotel Arenberg. Y, qué mejor colofón que el Museo del Cómic (Centre Belge de la Bande Dessinée).
Tiene un amplio fondo de colección, con muestras de los dibujantes belgas de todos los tiempos, con la transición del blanco y negro al color, desde las historias coloniales africanas de Fernand Dinerr hasta la intenacionalización llegada de la mano de Lucky Luke, de Morris, Tintín (obviamente, el espacio más importante del museo está dedicado a este personaje y a su creador, Hergé) y, más tarde, la continuidad con los Pitufos, de Peyo (aquí llamados Schtroupts o Smurfen) o Spirou, de Tome & Janry.
También se muestra el proceso de creación de un cómic, con ejemplos reales, desde los primeros esbozos de los personajes hasta la página impresa.
En la entrada hay una estatua en bronce de Tintín; muchos visitantes no se conforman con ponerse a su lado para la inevitable foto-recuerdo, sino que le tocan la nariz, por lo que la tiene bien dorada y brillante, frente al color oscuro del resto de la escultura.
En fin, un merecido homenaje para los precursores y maestros de lo que dio en llamarse la línea clara (historias completas, bien contadas y bien dibujadas, frente a las excentricidades sicodélicas underground de influencia anglosajona tan de moda en los cómic de los años 70).