Edimburgo resulta una ciudad algo sombría en los días lluviosos -que son muchos- con su fachadas de piedra oscura bajo el techo gris mortecino de las nubes; no obstante, aquí eso no tiene por qué resultar como un elemento negativo, ya que le da un ambiente perfecto como escenario de esa afición tan escocesa por el horror y la truculencia y que deja en pañales a los reallity shows de nuestras televisiones. Una de las atracciones más concurridas, tanto para turistas como para nativos, son los recorridos guiados sobre los crímenes del pasado o las historias de brujas y fantasmas de la ciudad.
Muchas de estas excursiones acaban en alguno de los pubs más populares, donde la cerveza y la música devuelven a la gente al mundo de los vivos. De este agridulce regusto morboso no se salva ni el palacio de Holyrood, donde el guía relata sobre la placa conmemorativa, y con todo lujo de detalles, como fue apuñalado cuarenta y tantas veces David Rizzio, el secretario y amante italiano de María Estuardo. No falta un museo dedicado a la tortura o un libro-guía con rutas dibujadas y pormenores acerca de las tumbas de Edimburgo. Un poco al margen de esta línea, y en un plan más simpático y humano, está el recuerdo por el perro Bobby, que permaneció durante años sobre la tumba de su amo, ganándose tanto el aprecio de los ciudadanos que incluso tiene una estatua en la que nunca suelen faltar unas flores.
segunda parte>>>
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