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En las carreteras pueden encontrarse numerosos letreros indicando la entrada a algunos de los actuales mills, los molinos para tejer la lana. Normalmente estas factorías pueden visitarse y algunas disponen hasta de un pequeño museo donde aprender algo acerca de la historia y del proceso de fabricación de sus tejidos, entre los que destaca, por su popularidad y su significado histórico, el tartán. El nombre de tartán se le da tanto al tejido de lana en sí mismo como a los diseños de cuadros, líneas y colores que distinguen a las telas de los distintos clanes escoceses; en tiempos de guerra o en los clan gatherings (reuniones de clanes que con el tiempo se transformarían en los actuales highland games) la única manera de identificar a unos y otros era por el diseño del tartán. En el siglo XVIII, tras la derrota sufrida en Culloden por los clanes leales a los Estuardo, el uso del tartán fue prohibido por mandato de la corona inglesa, al igual que otros objetos o costumbres típicamente escoceses, como la gaita, que hasta llegó a ser calificada como instrumento de guerra. Actualmente existen más de doscientos modelos de tartanes registrados y sólo uno, el utilizado por la familia real británica, no se comercializa. Otro de los productos escoceses más genuinos son los tejidos de Cachemira. Hubo una época en que las mantas de esta lana eran muy solicitadas para llevar en los coches descapotables y en los trenes. La materia prima proviene de las cabras de raza del mismo nombre que viven en China, Afganistán e Irán. La inestabilidad política de estos países dificulta la importación, además de que tienen absolutamente prohibido sacar alguna cabra del país, ya que les proporcionan pingües beneficios. El precio también está en consonancia con las dificultades, aunque para hacerse una idea más exacta se puede tener en cuenta que una simple bufanda necesita la lana de toda una cabra, más el trabajo artesanal de cardado, teñido, separación de fibra y el control de la trama y urdimbre que formarán el dibujo de diseño. Artículo publicado en Geomundo © Manuel Velasco
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