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A pesar de la implantación
de los sistemas automáticos, siempre estará unida al faro
la inevitable figura del farero, también llamado torrero, "hombre
de pipa y gorra, hermanado con la soledad". Los últimos fareros españoles tuvieron que pasar sus oposiciones correspondientes para acceder a sus puestos, que no eran para gente cualquiera, ya que se le exigía un mínimo de bachiller superior. Superadas las pruebas, pasaban seis meses en el Centro Técnico de Alcobendas. Aquellos hombres daban una clara muestra de lo que es vocación. Entre los que aun quedan no es difícil encontrar licenciados universitarios que querían vivir cerca de la naturaleza y del mar. Muchos de ellos terminaron sus carreras desde sus puestos de trabajo; algún otro desarrolló una increíble capacidad artesanal haciendo maquetas de barcos. Ya no hay nuevas promociones ni existe el Cuerpo. Pero la figura de aquella especie de robinsones vocacionales permanece con todo su carga de valor, abnegación, capacidad de hacer de la soledad un aliado, siempre dispuesto y con una estabilidad emocional a prueba de locura. Los que viven en familias, deben de tener una compatibilidad absoluta de caracteres, que ya quisieran otros de vida más fácil. Quienes estaban en lugares innacesibles, podían quedar incomunicados durante semanas cuando había un fuerte temporal.
De
los 41 faros con que contaba el mundo clásico, 6 estaban en las
costas españolas (Torre de Hércules, Torres del Oeste,
Lanzada, Torre del Cepión, Cadiz y Pollensa). A pesar de esta
tradición, en España se tardaron muchos siglos en implantar
un adecuado sistema de faros, tanto por las condiciones económicas
como porque la mayor parte de las costas españolas no son excesivamente
peligrosas, ya que no son abundantes las avanzadas de aguas poco profundas
con bajos de rocas y arena, que suponen el principal peligro en otros lugares;
incluso el clima suele ser más benigno. Tuvieron que pasar bastantes siglos desde la caída del Imperio Romano para que se construyesen nuevos faros en Europa, al igual que ocurrió con otras costumbres romanas que tardaron siglos en ser recuperadas. En algunos sitios se usaban sirenas, cuernos y toques de campana de las iglesias, pero el alcance del sonido era bastante aleatorio teniendo en cuenta las diversas condiciones meteorológicas. En la Edad Media, de los 28 faros europeos ninguno era español. En 1847 ya había 20 faros documentados. El primer faro giratorio fue el del Castillo de San Sebastián (Cádiz); dos años más tarde se establece el impuesto de faros, a pagar por los barcos mercantes y se inaugura la Escuela de Torreros en la Torre de Hércules. El
faro español más potente es el Machichaco, en Vizcaya,
aunque el más característico es el de la Torre de Hércules,
a 1 km al norte de La Coruña (49 m sobre el terreno, 106 sobre el
nivel del, mar); fue construido en el siglo II por los romanos aprovechando
las bases de otro anterior fenicio, y posteriormente restaurado en el siglo
XVIII, después de haber quedado en ruinas tras el ataque del pirata
Drake. Su construcción fue tal que además de faro servía
como fortaleza y atalaya. Tiene la singularidad de su planta cuadrada,
bordeado por una franja que sube en espiral.
artículo
publicado en la revista Aire Libre © manuel
velasco
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Un faro en una noche tormentosa es como una
antorcha encendida que Prometeo haya arrebatado al Olimpo para ayudar a los
marineros que, entre las tinieblas de un mar enfureceido, buscan ávidamente
la luz que le indica el camino a seguir.
Durante siglos, los faros ayudaron a salvar muchas vidas con sus luces producidas por fuegos; el principal problema que tenía este sistema de iluminación era que la continua humareda dejaba opacos los cristales. Una gran revolución supuso el desarrollo de las lámparas de aceite que no producían humo, además de conseguir una luz más clara y potente gracias a la utilización de las nuevas lentes y metales reflectantes, unidos a la nueva aportación que supuso la movilidad de la luz. A partir de 1920, la poderosa luz eléctrica supuso el cambio definitivo. Una simple bombilla de 250 watios era suficiente para que la luz del faro fuese visible a distancias nunca antes igualadas. Más tarde llegaron los flashes de xenón, similares a los utilizados en fotografía, que emiten cortos e intensos fogonazos a intervalos regulares. Y después, todo lo demás...
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