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La existencia de Skansen (La Fortaleza), el museo al aire libre más antiguo del mundo, se debe al empeño y determinación demostrados por Artur Hazelius, maestro y filólogo nacido en Estocolmo en 1833. Ya desde su infancia fue buen conocedor del mundo rural sueco y, al llegar a la madurez, pudo comprobar el inevitable cambio que estaba sufriendo la vida campestre de la última mitad del pasado siglo, a causa de la implantación lenta pero ineludible de las nuevas formas de vida que traía consigo la revolución industrial.


Este cambio llevaba irremediablemente a la destrucción de objetos y edificios que ya estaban quedándose obsoletos con el empuje de los nuevos tiempos. Hazelius tomó una determinación y recorrió el país con su mujer, clasificándolos, recogiéndolos e incluso comprándolos para lo que sería su gran sueño: un museo al aire libre que mostrase al futuro ese tipo de vida que ya se estaba perdiendo.


Pero el museo no es una mera fría exhibición de viejos edificios de madera; Skansen es un lugar vivo donde, desde su inauguración en 1891, se festejan tradicionalmente las más importantes celebraciones del calendario sueco. Actualmente cuenta todos los años con un amplio programa de fiestas entre abril y diciembre que pueden tener los más diversos motivos, como el florecimiento de los tulipanes, el día nacional de algún país, la noche de Walpurgis, los tradicionales mercados a la manera antigua de primavera, otoño y navidad o la clásica fiesta de Santa Lucía, además de múltiples conciertos de todo tipo de música.


Todas las regiones suecas están representadas ya sea con iglesias, molinos, casas señoriales e incluso granjas completas, hasta alcanzar unos 150 edificios, la mayoría de ellos con el común denominador de un intenso color rojo cubriendo las viejas maderas. Este color ha estado presente en las construcciones a lo largo y ancho de toda Suecia desde el siglo XIV, siendo el resultado de un óxido proveniente de las minas de cobre de Falu y que protege la madera del paso del tiempo y de la dura meteorología.

 


Puede decirse que estos edificios están tocados por el dedo de la fortuna; en su tiempo evitaron los múltiples incendios que a través de los años han ido arrasando los poblados de madera, y, con su traslado a Skansen, también han evitado ese otro fuego, más deshonroso y más cruel, que hubiese proclamado su inutilidad frente a un progreso, no siempre bien entendido, que aniquila todo lo que no es compatible con su ímpetu ciego.


La visita por el museo, que puede llegar a ser muy larga e incluso requerir varios días, tiene su comienzo más lógico al lado de la entrada principal, donde se encuentra todo un barrio de ciudad, construido a imagen del antiguo barrio Södermaln, en la zona sur de Estocolmo. Las empinadas callejuelas empedradas conducen a los talleres del impresor, del alfarero o del cristalero, donde artesanos vestidos con trajes de época realizan las actividades propias de sus oficios con las mismas tradicionales técnicas que usaban sus antecesores del pasado siglo, cuando el sentido del tiempo y la forma de vida apenas apartaban al hombre del ritmo de la naturaleza; además, estos artesanos contestan cualquier pregunta que se les haga sobre su trabajo. Los aromas que salen de la panadería son pura poesía olfativa que, como cantos de sirena, obligan al viajero a entrar y degustar alguno de los panecillos o dulces que se cuecen lentamente en el horno de leña.

La vuelta por este barrio puede terminar con la visita a la casa de fachada amarillenta donde vivió el propio Hazelius durante la construcción de Skansen. Una vez allí, queda por elegir la dirección de la siguiente ruta, ya sea mapa en mano o siguiendo al azar, que llevará a través de la variadísima gama de edificios y lugares que se extienden por el parque, desde lujosas mansiones estilo rococó hasta exiguas cabañas de única estancia donde hacia vida una familia completa, todos con su propio mobiliario y utillaje, sin olvidar el importante detalle de que todos están rodeados por la flora típica de sus lugares de origen.

No podía faltar en Skansen el complemento de un pequeño parque zoológico, donde focas grises, osos, lobos, zorros o renos, representantes de la fauna autóctona, comparten imagen y territorio con elefantes y monos, traídos aquí simplemente porque son los animales preferidos de los niños suecos. Para ellos también hay un lugar especial, Lill-Skansen (Pequeño Skansen), donde pueden tocar o ver de cerca a cabras, conejos o pequeños y mansos jabalíes. En el Acuario, bajo cubierto, pueden observarse animales tan exóticos en estas tierras como cocodrilos, serpientes o pájaros tropicales. Pero fuera de las rejas y empalizadas, entre las numerosas granjas y estanques, o en la más sencilla libertad, también hay infinidad de pavos reales, cigüeñas, patos, gansos y otras aves, muchas de ellas cumpliendo allí una parte de su ciclo migratorio estacional.


En primavera y verano, los días se alargan de una manera casi inverosímil para el viajero meridional y la naturaleza resurge desde el largo y oscuro letargo, manifestándose en una explosión de luz y color tan esperada y celebrada por los suecos. En el otoño, los días se acortan (y el horario de visitas), pero la verde exuberancia se transforma en capas de ocres, rojos y amarillos que dan al parque un toque casi mágico, acompañando al viajero la banda sonora que produce el crujido de las hojas caídas bajo sus pies.


Un paseo por Skansen, aparte del esparcimiento que en sí mismo ocasiona, es como caminar por una burbuja de tiempo contemplando la imagen de un pasado ya irreversible que nos habla de otras maneras de entender la vida. Bajo un busto de Hazelius hay una inscripción que dice: Salvaste el pasado para el futuro. El pueblo de Suecia te lo agradece. Ahora hay otros museos como este, sobre todo en los países nórdicos, pero Skansen fue el pionero y es, sin duda, el más vivo de todos.

texto y fotos © manuel velasco


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